"Solo nosotros debemos luchar por comprender como la cultura controla lo que sucede dentro de nuestras cabezas".
Marvin Harris (Introducción a la Antropología General.)


“Según parece, nadie más eficaz que otra persona tanto para insuflar vida a un mundo propio como para marchitar con una mirada o un gesto, una observación... la realidad que nos rodea”

Erving Goffman


“Nacimos en un mundo en el que nos aguarda la alineación. Somos hombres en potencia, pero nos hallamos en estado de alineación y este estado no es simplemente natural. Para que la alineación sea nuestro destino actual, se requiere una violencia atroz, perpetrada por seres humanos contra seres humanos”

Ronald Laing


La experiencia psicoterapéutica comienza en un despacho donde aparentemente hay sólo dos personas pero en realidad está muy poblado, los acompañan todos los personajes significativos de la historia del paciente. La experiencia psicoterapéutica llega a su fin cuando en el despacho hay sólo dos personas.

Alejandro Rodríguez Vilardebó

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Ni nómadas ni sedentarios, emigrantes

Si nos atrevemos a mirar, nada de lo que sucede en este mundo (ya sea que le suceda a uno o a otros), nada resulta estar demasiado lejos.

I Dando algunos pasos para acercarnos al fenómeno migratorio.

(Ni nómadas ni sedentarios, emigrantes)

Quizás fuera por observar las periódicas idas y venidas con las ausencias y presencias de las aves migratorias; quizás por conocer las búsquedas de pastizales de las manadas salvajes… los humanos desde los tiempos más ancestrales y más allá de donde la memoria puede alcanzar, han tenido oportunidad de aprender y han sabido que era posible buscar mejores condiciones para vivir. Según parece, de un pequeño grupo originario de África del este, migración tras migración y generación tras generación, se ha ido poblando el planeta a lo largo de 50.000 años hasta habitar la casi totalidad de las tierras fértiles.

Cuando un grupo humano se asienta en un lugar que puede proveer lo necesario y permanece allí varias generaciones. Para los que van naciendo, ya desde la segunda generación, la migración ha dejado de ser un recuerdo para convertirse en un relato que con suerte se convierte en un mito de su grupo. Si el lugar donde la tribu se establecido sigue siendo lo suficientemente proveedor, quizás en no muchas generaciones se pase al olvido el origen migratorio de su presencia en aquel sitio donde se vive, y el hecho, la idea y la palabra que hacen referencia a la emigración es traída al presente ya no como evocación, sino sólo en el caso de que al grupo se agregue un nuevo tipo de integrantes, los in-migrantes. Junto con los nuevos (aquellos que provienen de otra parte) si no se recuerdan los propios antecedentes, llega una idea que puede ser vivida como amenazante, se trata de que hay algo que no sólo a los nuevos les ha pasado, hay algo que a cualquiera y en cualquier lugar le puede suceder… el lugar en que se vive puede dejar de ser suficientemente proveedor, puede dejar de ser hospitalario, puede tornarse hostil, y eso que ni siquiera quiere ser pensado viene implícito, adherido al inmigrante y posiblemente sea lo primero que en ellos se rechaza, nos están recordando que lo que a ellos les está pasando le puede suceder a cualquiera, yo, tú, todos podemos ser él. Se trata de algo en lo que no se desea reparar, con el inmigrante llega el temido fantasma de que el contexto que hasta hoy sólo es pensado como contenedor, de pronto se puede tornar expulsivo. Aquello que nuestros ancestros ya vivieron, y que no se ha sabido mantener vivo como un recurso tranquilizador, reaparece como una amenaza inquietante traído por los que arriban. Ellos... que llegan buscando un futuro mejor, como un espejo mágico diversifican el futuro, lo multiplican, nos hacen ver que en el futuro todo cabe, que no es único sino múltiple y en su pluralidad incluye también un futuro peor, nos muestran lo que no queremos ver.

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Hagamos una pequeña digresión que quizás nos aporte alguna información. En el sur del Amazonas, los Tupí Guaraníes viven en pequeños grupos y periódicamente trasladan sus asentamientos sin tener que llegar a sufrir carencias, sin llegar a tener que vivir tiempos de escasez, simplemente es parte de sus costumbres. De tanto en tanto, ayudados por su mitología y sus creencias, levantan el campamento, destruyen sus chozas y se marchan para instalarse en otro sitio. Ellos creen en la existencia de un lugar similar al paraíso de los cristianos… pero alcanzable este mundo y con suerte también en esta vida. Ese lugar buscado es un sitio donde no sólo no hay carencias, sino donde tampoco hay pecados ni culpas; creen también que cada vez que dejan un lugar -donde han vivido- dejan atrás algo parecido a un pecado y una culpa, con lo cual, cada migración los acerca más al paraíso donde llegarán cuando hayan logrado dejar atrás a la última prohibición y la última culpa. Para ellos, cada migración los acerca imaginariamente a condiciones de mayor plenitud y bienestar. Aunque en los hechos nada de esto sea tan idílico, lo importante de esas creencias y de la cultura Tupí Guaraní es que la migración, lejos de ser algo traumático, es incluso motivo de alegría.

En nuestra cultura occidental y judeocristiana, los mitos no nos ayudan respecto a la eventualidad de emigrar, muy por el contrario de lo que veíamos en la cultura Tupí Guaraní, nuestros mitos convierten la migración en algo traumático, donde ir en busca de nuevas y mejores tierras es un castigo y no una alegría; el paraíso no está al final del camino y como un logro posible, sino al principio (de donde hemos sido expulsados) y como algo perdido; el bienestar no es algo a lograr sino algo que se tuvo… así planteado, todo aquello que podría ser experimentado como alivio, como un recurso a ser utilizado eventualmente, se convierte en un agobio y es motivo de pena y un malestar. Ni tan siquiera pensando o entendiendo a nuestros mitos como una metáfora de la gestación y el nacimiento nos libramos de tanta carga negativa que atenta incluso contra la realidad de nuestra propia historia social y biológica. Cuando el embarazo llega a término, continuar en aquel “paraíso de placidez” no sólo no es posible, sino que en el caso de que se forzara su continuidad, a lo único que nos acercaría es a la muerte (posiblemente de ambos.. del gestado tanto como de la gestante). La expulsión de “aquel paraíso” (el útero materno), si bien es cierto que nos arroja a un contexto más difícil y más duro, también es cierto que lo hace llevándonos a un lugar donde la vida es viable y donde el crecimiento y desarrollo cuentan para sí con mucho más opciones entre las que se incluye para siempre (al menos teóricamente) la de buscar -como las aves y las manadas salvajes- un lugar más propicio cuando el lugar de asentamiento se torna adverso. Quizás no esté de más decir aquí que el recién nacido humano expulsado -porque ha llegado el momento de esa primera migración y sería insostenible quedarse- sólo puede sobrevivir protegido y cuidado por otros y sólo se convierte en humano (con toda la amplitud que eso significa) si “los otros” que lo rodean con sus cuidados son también humanos.

Pero como venimos planteando, la cultura nos in-forma, nos moldea y en el tema que nos ocupa, lo hace convirtiendo en traumático lo que debería seguir siendo un recurso, una distensión, un alivio. Basta imaginar condiciones de carencias, de presiones, de amenazas -ya sean climáticas, alimentarias o sociales que afecten cualquiera de nuestras necesidades primarias- como se comprenderá fácilmente, contar con una “vía de escape” ante tales condiciones indudablemente es un alivio y por el contrario, carecer de ella es motivo más que suficiente como para caer en el desasosiego, la desesperanza y el pesar. Que lejos estamos de nuestros ancestros y de los Tupí Guaraníes.

A poco de comenzar a pensar en el fenómeno migratorio y de considerar la forma en que nuestra especie se ha ido extendiendo sobre la faz de la tierra, es fácil comprender que no se trata de “algo nuevo” o “negativo” y quizás vaya siendo tiempo de comenzar a devolverle a la migración su lugar en nuestra historia como especie. Si hay algo nuevo en relación al fenómeno de emigrar, no es el hecho en sí lo novedoso, sino su restricción hecha cada vez más compleja. En el transcurso del siglo XX es cuando más que nunca comienza a organizarse de manera sistemática y generalizada la instrumentación de obstáculos para dificultar el ancestral recurso de la migración. Al desarrollo y sostenimiento del modelo socioeconómico establecido, no le viene bien que aquellos que aportan su mano de obra y su fuerza de trabajo para sostener las cosas como están cuenten con la opción de marcharse cuando las condiciones les son adversas, hasta mediados del siglo XX no eran demasiados los obstáculos para emigrar (las oleadas migratorias durante fines del siglo XIX y principios del siglo XX que poblaron muchos países merecen un poco de atención en ese sentido) es durante la segunda mitad del pasado siglo cuando se sistematizan dificultades y la opción de mandarse mudar a otro sitio se comienza a ver seriamente obstaculizada, quizás como nunca lo estuvo en la historia. Lo mismo que para un ejercito no es conveniente ni admisible que los soldados decidan por su cuenta si se quedan en el frente de batalla o vuelven a casa, tampoco para el funcionamiento social y productivo es conveniente que las poblaciones de trabajadores decidan por su cuenta si se quedan o no lo hacen en condiciones adversas.

Sólo por poner un ejemplo, podemos decir que los magrebíes y subsaharianos que buscando condiciones de vida mejores y mueren en pateras o en cayucos día tras día y semana tras semana no mueren porque los mate el clima o la geografía ni por la inexistencia de mejores medios para viajar; mueren porque ante la búsqueda de un contexto mejor, lo que los hace andar por el filo de la navaja haciendo equilibrio entre la vida y la muerte y cayendo una vez a un lado y otra vez al otro, son las restricciones migratorias, las prohibiciones legisladas que más allá -y muy lejos- de proporcionarnos un mejor marco para convivir, se afanan por limitar y controlar los movimientos poblacionales, restringiendo un derecho y un recurso ancestral.

Pretender tener una mirada que abarque largos períodos históricos intentando diferenciar los movimientos poblacionales grandes de los de pequeños grupos y estos a su vez de los individuales, sin que ninguno de esos fenómenos nos resulte demasiado distante o ajeno es un poco la tarea que nos proponemos.

El ejemplo de los Tupí Guaraníes tiene características que le son muy propias y lo hace diferente a los procesos migratorios que van siendo decididos uno por uno y caso por caso en el seno de contextos familiares. Los Tupí emigran grupalmente y con el grupo marchan un sinfín de referentes identitarios grupales e individuales que facilita el traslado, sus costumbres se acercan al nomadismo y lo que en ese caso se pierde es el lugar donde se desarrolló la historia previa, pero la historia no se queda, la historia se marcha con el grupo. Cuando en una familia ecuatoriana o marroquí se toma la decisión de emigrar, no es lo habitual que haya un grupo con el que se compartan referentes y que acompañe al emigrante durante el proceso migratorio (aunque luego se vayan encontrando poco a poco algunos referentes comunes en otros emigrantes), el proceso es solitario y las historias vividas quedan con los que se dejan, eso hace que haya un duelo por pérdidas mezclado entre los miedos básicos que se reeditan en la migración (a las pérdidas, a los cambios y a lo desconocido) que será vivido en cada caso de una manera diferente. La ilación histórica compartida se rompe en la migración dejando atrás algo de la vida sedentaria sin que el que se marcha se convierta en un nómada, la emigrante de estos tiempos no es ni una cosa ni la otra, quizás por el rasgo solitario con que se toma la decisión y se inicia el proceso. Así y todo, es frecuente que nos encontremos con importantes “coincidencias” de elecciones entre quienes emigran. Decenas de cientos de grupos familiares van coincidiendo de dos en dos o de diez en diez en el tiempo y el espacio, desde los mismos puntos de partida y en los destinos elegidos de los procesos migratorios, y así viajan, sentados silenciosos y solitarios uno junto a otro al no haber tenido un proyecto compartido desde el inicio de la idea aunque terminen coincidiendo en el viaje y en el destino.

Una vez establecido el hecho histórico de la migración como un recurso ancestral y casi primario que permite poner distancia con un entrono hostil y también reconocido que lo novedoso no es emigrar sino el “desarrollo” de las dificultades para emigrar; quizás ese rasgo de soledad que mencionábamos antes y que se repite una y otra vez en las decisiones migratorias de estos tiempos, sea un buen punto de partida para reflexionar acerca del tema.

Posiblemente sea en soledad que se comienza a sentir esa metamorfosis que transformó el contexto en que se ha nacido, ese lugar donde los padres del emigrante pensaron que allí era un buen lugar donde vivir y allí era bueno tener hijos y que el que decide emigrar siente que se ha tornado demasiado agresivo para seguir viviendo en él.

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