"Solo nosotros debemos luchar por comprender como la cultura controla lo que sucede dentro de nuestras cabezas".
Marvin Harris (Introducción a la Antropología General.)


“Según parece, nadie más eficaz que otra persona tanto para insuflar vida a un mundo propio como para marchitar con una mirada o un gesto, una observación... la realidad que nos rodea”

Erving Goffman


“Nacimos en un mundo en el que nos aguarda la alineación. Somos hombres en potencia, pero nos hallamos en estado de alineación y este estado no es simplemente natural. Para que la alineación sea nuestro destino actual, se requiere una violencia atroz, perpetrada por seres humanos contra seres humanos”

Ronald Laing


La experiencia psicoterapéutica comienza en un despacho donde aparentemente hay sólo dos personas pero en realidad está muy poblado, los acompañan todos los personajes significativos de la historia del paciente. La experiencia psicoterapéutica llega a su fin cuando en el despacho hay sólo dos personas.

Alejandro Rodríguez Vilardebó

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Identidad – Pluralidad – Diversidad

Cuando el fenómeno migratorio alcanzó una dimensión tal que no podía ser pasado por alto durante más tiempo y cuando los emigrantes comenzaron a llenar las agendas de los Centros de Salud Mental en muchas comunidades de España, hubo quién reunió los síntomas en común y se comenzó a hablar del “Síndrome de Ulises” debemos suponer que se le puso ese nombre porque Ulises es tomado como el arquetipo del viajero, aunque su mítico viaje tenía poco “en común” con las condiciones de los actuales emigrantes que llegan a Europa en quienes se aplica esa denominación clínica.

Ulises regresaba a su casa, el reino de Ítaca y lo hacía luego de vencer y saquear la ciudad de Troya . Los emigrantes actuales buscan un lugar en el mundo donde poder ganarse el pan o llegan escapando de la guerra o la miseria. Aún así al complejo cuadro clínico con que se encuentran los psiquiatras se le quería poner un nombre y tal parece que está quedando ese.

La pérdida de referentes de la vida cotidiana, los lugares comunes y familiares, pequeños datos con los que el emigrante se identificaba y que le devolvían un sentido de pertenencia no están más en su entorno. El emigrante se encuentra en una tierra extraña, donde se habla un idioma extraño, donde su familia está fragmentada, donde sus amigos de toda la vida no se encuentran, donde no se lo conoce y mucho menos se lo reconoce, el duelo es múltiple y complicado, son muchas “las pequeñas cosas” que no están y no hay cajón ni desván donde buscarlas.

Circunstancias muy similares son las que deben de haber vivido los españoles que a finales del siglo XIX y principios del siglo XX y en muchas oleadas más emigraron hacia distintos lugares también impelidos por necesidades. Pero en aquellos tiempos no era lo habitual consultar a un psiquiatra o a un psicólogo porque se sintiera nostalgia, morriña o porque se lloraba sin motivo aparente, cada uno se las apañaba como podía y los efectos de la migración se terminaban resolviendo en una generación, en dos o en tres. Hubo quienes murieron ancianos tarareando en sus mentes “Lejana tierra mía” o “El inmigrante” y también hubo quienes no sin esfuerzos se adaptaron, cruzaron su cultura y sus costumbres con las del lugar y se enriquecieron culturalmente aprendiendo -en tierra extraña- de otros emigrantes que hablaban otras lenguas y tenían otras costumbres. Pero ni Ulises ni los africanos o americanos que hoy llegan a Europa ni los españoles que emigraron en los siglos XIX y XX vivieron las circunstancias que debieron vivir los árabes de Al-Ándalus o los judíos sefaradíes que vivían en la España del siglo XV. Ellos fueron expulsados de sus casas, de sus lugares comunes y familiares, de los jardines que habían construido y cuidado durante cientos de años, de sus trabajos y sus labores y seguramente también sus familias se vieron fragmentadas. Cuentan que se llevaron las llaves de sus casas como si con ese gesto preservaran la privacidad de los espacios donde habían vivido sus vidas íntimas. También se llevaron 700 años de historia y una familia de aquellas expulsadas de España la conservó hasta hoy día en Tombuctú.

Para quien no ha emigrado hacerse una idea de lo que se va dejando en el camino no es fácil, ni aún leyendo y sabiendo que el destierro ha sido vivido desde la antigüedad como algo tan doloroso que Sócrates teniendo la alternativa de elegir entre el ostracismo y beber cicuta optó por la segunda. En aquellos tiempos, perder los referentes de la vida cotidiana, perder el paisaje conocido de cada día era considerado el peor sufrimiento, tanto como para preferir la muerte a vivir esas circunstancias.

¿Qué podemos entender hoy de lo que significó aquella expulsión que marcó el fin de una época y el principio de otra?, ¿cuánto podemos conjeturar sobre los efectos que tuvo tanto para los expulsados como para los expulsantes?.

Podríamos en solitario o en equipo hacer un análisis clínico de los padecimientos psíquicos y de las consecuencias que una medida tan tremenda tuvo para los expulsados y para los otros, los que vivían con ellos y se quedaron, pero sería tan pobre comparado con las vivencias, con los sentimientos, con la experiencia en sí,... que prefiero no hacerlo.

Podemos reflexionar acerca de “la condición humana”. Hablar, escribir o dialogar acerca de la curiosa paradoja de nuestra existencia en la que el individuo y su identidad no existen sin el grupo, en que la singularidad de una persona existe gracias (conditio sine qua non) a la pluralidad o sea la presencia de otros; o hacer referencias a la diversidad que se manifiesta en cada nacimiento (nadie es igual a cualquier otro que haya vivido que viva o vivirá) y que comparte su potencialidad de cambio con aquellos que se integran a un grupo que cuando él llega ya tiene pre-existencia. O describir ese curioso efecto boomerang de la interacción humana que sucede cuando le producimos un daño a otro y nuestra identidad se ve afectada (como retorno) por ese fragmento de nosotros mismos que el otro rectifica ipso facto sin siquiera darse cuenta y muchas veces sin percibirlo uno mismo (la identidad es ratificada o rectificada cada día por los otros). Cuando se expulsó a los árabes y a los judíos en el siglo XV por ser diferentes, no solo se produjo un daño en ellos; la identidad, la pluralidad y la diversidad española se vio seriamente dañada.


Podemos hacer propuestas como la de imaginar situaciones donde uno deje de ser reconocido en los lugares cotidianos y por las personas conocidas generando una crisis de identidad al no recibir de los demás esa confirmación imperceptible que nos dice quienes somos (porque en el fondo “somos para y por los otros”); o descubrir lo que sentiríamos si uno sale a la calle y deambulando durante horas no encuentra ningún ser humano allí donde debería estar toda la gente del pueblo, de la ciudad, de lo que nos es familiar.

Podemos imaginar ya no las personas, sino las calles de Granada, o de cualquier ciudad de aquellos tiempos, mestiza, cosmopolita, palimpsesta, añorando las músicas árabes o judías que hasta el día anterior rebotaban en sus paredes haciéndose oír desde lejos. Podemos imaginar a una madre castellana o descendiente de visigodos o de fenicios y romanos, o también mestiza buscando al médico judío o al árabe que practicaba otra medicina para que cure a su niño enfermo. Podemos imaginar a un tertuliante solitario cerca de un hogar encendido rodeado de bancos vacíos recordando largas discusiones entre contertulios que por tener distintas creencias veían y sentían el universo y su estar en esta tierra de maneras diferentes y en su soledad llorar por las personas y las palabras ausentes.
Podemos imaginar a los vecinos cristianos en los días de la expulsión callando desgarrados al ver partir a sus amigos o por lo contrario quedarse quietos y en silencio como una reacción de protección identificándose con la sinrazón que les partía su propia historia en dos y expulsaba allende los mares a una de ellas.

Hoy a comienzos del siglo XXI una palabra similar a “expulsión” (y con un efecto de movilización de gente similar al del siglo XV) es eje de la condición humana en casi todo el mundo. Me refiero a la “exclusión” que afecta a millones de personas en todo el mundo que al no ser incluidos en “el mercado laboral ” son excluidos de la sociedad. Algunos de los excluidos emigran.
Me pregunto (curiosidades de las lenguas) si en otros idiomas la metonimia entre expulsión y exclusión será como en el nuestro.

22 de noviembre 2003
Alejandro Rodríguez Vilardebó

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